El castillo de naipes
Sobre los baños de humildad
[…]
Cada año
todo
lo que he aprendido
en mi vida
regresa a esto: los fuegos
y el río negro de la pérdida
cuyo otro costado
es la salvación,
cuyo sentido
ninguno de nosotros sabrá nunca.
En los bosques de Blackwater, Mary Oliver (1983)
Treinta años recién cumplidos, una carrera profesional prometedora y una trayectoria académica impecable. Una casa de película y un auto recién comprado. Hacía cinco años en pareja, conviviendo con una galga preciosa, planificando un viaje a Nueva York. Ganaba tan bien que me podía permitir hacer proyectos personales en los que perdía tiempo y dinero. Correr, además de recargarme de energía, me dejaba tener el cuerpo más lindo que había lucido hasta el momento. Lo tenía todo.
Amaba que la gente se sorprendiera al saber mi edad. En el fondo pensaba «lo estoy haciendo bien, llegando antes y mejor». Siempre buscaba la vuelta para tener la última palabra. Imponía mi opinión o, en el peor de los casos, sacaba bibliografía de la galera para que quien tuviese en frente se achicara. Nada de contradicciones, todo encajaba en la narrativa.
Bueno, casi todo. Lo que más me costaba articular en el cuento era mi familia, pero ¿quién no tiene problemas con sus parientes? Me parecía exagerado por parte de mi cuerpo tener ataques de ansiedad al seguir instrucciones de mi viejo y comprar unos vuelos para ver a mi abuelo. Fuera de eso, ese ámbito también lucía asombroso: mis papás se hicieron de abajo lejos de su propia tierra, en cada caso lograron construir un nombre profesional que se sostenía por sí solo, construyeron una casa inmensa con una pileta digna de un club en la que siempre había invitados, varias camionetas estacionadas siempre a disposición. Un mes de vacaciones al año, a veces más. Todo eso se veía de lejos. De cerca los detalles opacaban bastante la cuestión.
Si bien mi dique venía aguantando el agua como podía y siempre estaba en mantenimiento, la grieta que desató la inundación fue la frase «tenés un sangradito en la cabeza». Ese diminutivo que nunca voy a olvidar. De un momento a otro me quedé en pelotas, tanto simbólica como literalmente: no me dejaban tener puesta ni ropa interior. Tocaba comer y cagar en la misma cama con gente alrededor. Me daba vergüenza y al mismo tiempo se sentía algo heroico pasar por algo tan extraordinario. Para añadir a la épica yo me reía constantemente y todo me lo tomaba a chiste, como si pintar de colores el agujero negro en el que estaba metida iba a solucionar el desastre.
De todas las personas que pasaron a saludarme, solo con una amiga me permití llorar. Le confesé que podía fingir ser esa hada colorida porque realmente me daba igual morir. Mi vida perfecta me pesaba un montón. Si me hacían el favor de mandarme al cajón como una mártir y que todo el mundo diga «ay, que lástima Maquita, con lo buena que era, con lo mucho que le quedaba por vivir…» yo firmaba. Mi falta de miedo no era valentía, era apatía. Una falta de interés super cool y muy cómoda para los demás. Yo no quería el consuelo de nadie.
Si iba a salir necesitando de los demás prefería morirme. En el segundo día de internación mi pareja recibió una propuesta de trabajo y lo animé a que la acepte. Mi orgullo no me dejaba evaluar que quizás no era una buena idea que la misma persona que iba a tener que llevarme al inodoro ida y vuelta encare un nuevo desafío laboral en el mismo momento. Con todo esto también iba a poder sola, después resolvía cómo.
El castillo de naipes se derrumbó en dos patadas. La perra preciosa ahora tenía un tumor con el que manchaba de sangre todos los rincones de mi casa de película. Yo hablaba como Maradona y estaba hinchada como un pez globo. Los conflictos con mi familia escalaron a tal punto que a los días de salir de la clínica ya no tenía contacto con mi papá. Me hacía la boluda al escuchar cuando hablaban de mí, conjeturando si iba a «quedar así». Así: deplorable. En ese momento pregunté a alguien si le daba miedo verme. No me respondió. Solo se largó a llorar. Zafé, pero mi degradación era evidente. Decile chau a tu vida perfecta, mamita.
Como si fuera poco, me separé al par de meses. No me daba la cabeza para trabajar. También se había cortado el contacto con mi mamá. Yo, que había escalado la pirámide desde un pueblo del interior del interior hasta llegar a ser el epítome de lo cool ahora era un desastre andante. Mi peor pesadilla se había cumplido: necesitaba ayuda. Un montón de ayuda.
Necesitaba que me contesten el celular solo para escucharme llorar.
Necesitaba que me inviten a planes para no sentirme sola.
Necesitaba que me tengan paciencia, que vengan a casa, que me pasen a buscar.
Que me indiquen exactamente qué hacer y a qué horario. A mí, María Independencia. Un baño de humildad durísimo de atravesar.
Acá viene la parte en que me emociono al pensar en la red inmensa de personas que me sostuvieron el año pasado. Mis amistades, esa fortaleza innegable a quienes voy a estar agradecida de por vida, pero también a quienes no tienen idea del lugar enorme que ocupan en mi vida.
Todos los jueves o viernes me separo tiempo para limpiar con Flor mientras chusmeamos de nuestras vidas. «No te vistas así, ponete linda, Maquita», me dice siempre. Pablo es el dueño del estacionamiento al lado de casa y todas las mañanas le hace mimos a Siesta. «Cómo le cambió el carácter, por favor!» me dice cada dos por tres. Marcos, Jesús, Ramiro, que también trabajan ahí, asienten mientras la galga sigue ligando caricias de arriba. Yo aprovecho a ir saludando a los encargados que están lavando las veredas a la mañana. Me hace feliz ser parte de algo mucho más grande que yo, algo que antes me pasaba completamente desapercibido, me importaba muy poco.
Cambié un montón. La gente que me conoce hace años me lo hace notar constantemente y yo sonrío orgullosa. Male, con quien somos amigas desde los cuatro años, se sorprendía en Brasil una y otra vez de las cosas en que empecé a creer y las cosas que solté en tan pocos meses. Apenas salí del hospital hice una publicación en Instagram donde agradecía al amor, a la ciencia y a la fe. Hoy reordenaría esos factores, la fe iría primero sin dudar. Ya no pretendo tener algo bajo control. No tengo nada tan claro ni saco bibliografía de andá a saber dónde solo para sentirme admirada. No entiendo ni un cuarto de las cosas que pasan en mi vida. Pero sé algo con seguridad: siempre voy a necesitar manos que me ayuden. Si yo sobreviví a este año fue gracias a los demás. Aprendí que el amor es cuidado. Viví en carne propia la alegría que me da dejarme sostener. Ese cariño que se cosecha regalando nuestra atención y nuestro tiempo a todo lo que no se puede postear en LinkedIn.
No osaría intentar impresionar a nadie con mi presente enclenque, atado con alambre por todos lados. Me permito jugar a vivir todas esas vidas que no encajaban en mi narrativa de perfección andante, riéndome un montón de mí misma por el camino. Hay días en que pienso que el guionista de mi vida o está muy drogado o muy al pedo, pero me pasan las cosas más insólitas que podrías imaginarte. Mi nuevo mantra es «hacerlo por la anécdota». La mayoría del tiempo me doy mucho cringe, eso que en otro momento llamábamos vergüenza ajena. A mí después de lo del inodoro ya no me queda pudor, imaginate. Soy la primera en tomarme muy poco en serio y creo que por eso ahora puedo vivir sin necesitar de medicación psiquiátrica para sostener un dique que lo único que hizo fue quebrarme por dentro.
Me alegra mucho que se me haya explotado el cerebro a los treinta y tener tanto tiempo por delante para seguir aprendiendo a vivir. Siempre agradezco lo que me pasó, por contradictorio que suene. Me imagino la posibilidad de haber seguido en piloto automático hasta los 50 o 60 y perderme de esta Maca, que me cae mucho mejor que la anterior. Eso sí, ya estoy para que me pongan de personaje secundaria, rearmar de a poco la rutina, que me pregunten en qué ando y poder decir «ahí va, todo tranqui, y vos?».
La ilustración de esta edición

En qué ando
Leyendo. Diario de una soledad de May Sarton me viene acompañando desde hace un tiempo, lo leo de a poquito. La semana pasada releí Los Sorrentinos de Virginia Higa. Me reí mucho, me había olvidado de lo amoroso que era el Chiche.
Escuchando. Cartola, discazo homónimo del capo de Cartola. Desde que volví de la playa ando en modo agora serei brasileira 😂. El verano me pone así.
Viendo. Así como te digo una cosa te digo la otra, en el fondo me encantaría estar en la campiña británica compartiendo un tecito con esta señora en esta casa soñada. Amo los videos de diseño de interiores y toda la serie Design Notes es espectacular.
Hasta la próxima
Buenas buenas, ¿cómo estás?
Te extrañé. Cortita te la hago. Me la pasé pensando en escribir Parsimonia y me di cuenta de lo bien que hace tomarse pausas para recordar lo mucho que disfruto hacer esto. Es muy probable que me tome “vacaciones” de invierno este año, un poco como hace la genia de Carmen Pacheco en Flecha (otro newsletter que te recomiendo muchísimo).
Cosas que pasaron mientras tanto: arranqué el año en Brasil con amigas, seguí sacando fotos analógicas, leí bastante, no logré ni la mitad de las cosas que puse en mi lista de cosas para hacer en enero. Salí a bailar con amigos, saqué a Siesta a la plaza, volví a dibujar con lápices. Pensé bastante en si volver a ponerme en carne viva por acá para mostrarte mi costado más vulnerable. Como te habrás dado cuenta, la respuesta a esa pregunta siempre viene por el lado de contarte la verdad.
Un abrazo inmenso. Estoy feliz de reencontrarnos,
Maca


Yo solo sé que llegué a la versión actualizada de Maca y la verdad que tuve una suerte bárbara. 11/10, muy recomendable 🧡
Pd. Cómo me gusta Design Notes y esa casa soñada 😍
durísimo
y qué envidia que vivas esto tan temprano en la vida.. luego uno anda dándose cuenta hasta pasados los 40s. pero bueno, a cada quien
saludos maca