Tan inmensa
10 cosas que me sorprendieron este año
Por lo general me sobran las palabras. Hoy me quedan cortas. Para inspirarme leo el Parsimonia en el que celebré su primer cumpleaños conmigo. No fue una buena idea, ahora estoy convencida que no puedo escribir algo que iguale a este párrafo:
Siesta tiembla cuando algo le da miedo. Un montón de cosas le dan miedo porque tuvo que sobrevivir a humanos que dejaban mucho que desear. Vivió para correr y cuando no sirvió más la descartaron. Vivió como pudo en la calle hasta que la encontraron. Ahora vive conmigo y tiene que bancarse que le haga un bonete para festejar un cumpleaños que no es su cumpleaños porque no sabemos cuándo nació pero no importa, ella se deja poner el bonete y sacar la foto porque sabe que eso me hace feliz. Y yo lloro mientras escribo esto porque es la primera vez que siento que no necesito correr para merecer el amor de otro ser vivo.
Puedo intentar, sin embargo. Como ella, que no se da por vencida cada vez que me siento a comer y se acerca sigilosa a ver si esta vez caza alguna miga que se caiga del plato y por lo general termina logrando que le regale el último bocado de lo que estoy comiendo. O como cada mañana cuando me tira la correa hacia el estacionamiento que está al lado de casa, sabiendo que si Pablo o Marcos la ven se van a acercar a hacerle mimos por más atareados que estén.
Pienso en lo mucho que cambió desde que llegó. No lo sabía en ese entonces, pero el miedo fue una constante en su primer año y medio en este hogar. No la puedo juzgar, después de tantas vidas complicadas llegó a casa y a los cuatro meses a mí se me explotó la cabeza. No tuvo tiempo ni de acostumbrarse que de repente tenía un circo entero de gente preocupada entrando y saliendo constantemente. La humana que hacía un par de semanas no paraba de abrazarla se había convertido en un pis pas en una estatua que de pedo hablaba bien.
Probablemente por eso tuvimos tantas visitas a la veterinaria en todo ese tiempo. Ahora esta espléndida, ya superó un cancer, ya dejó el alimento gastrointestinal, ya estamos recontra seguras que no tiene una enfermedad que mató a uno de los perros de la camada con la que vivía al borde del río antes de ir al refugio. Desde sus vacunas en enero no volvimos a necesitar un turno, solo fuimos para desparasitarla un par de veces. Eso me llena de alegría y me da una tranquilidad inmensa.
Ahora me doy cuenta cuando algo la asusta, pero en general está tranquila. Reacciona a ruidos fuertes y algunas personas la alteran pero ya se acerca con mucha más confianza. Lo mismo pasa con otros perros. Yo la observo, ya me conozco todas sus expresiones. Incluso la de «te estoy poniendo cara de galga rescatada para lograr lo que quiero pero no me pasa nada». La reina de la manipulación.

Su momento preferido del día es cuando lo ve a el. Al comienzo me daba mucha envidia, ahora me saca una sonrisa cuando le digo «adivina quién esta llegandoooo? Tomi!» y ella empieza a mover la cola como un helicóptero. Bajamos en el ascensor y va bailando, te lo juro, hasta la puerta. Le lame la cara a cada uno de los amigos y ni mira hacia atrás.
Descubrí que tiene un costado un poco bully. Ama demostrarle a otros perros que ella es, efectivamente, mas rápida. Se nota como disfruta dejarlos atrás mientras pispea. Cuando la distancia se vuelve muy larga deja que se le acerquen y vuelve a acelerar. Es hipnótico verla correr e imposible sacar una buena foto de ese momento.
Que privilegio es verla volar, flotando en el aire con esas curvas aerodinámicas, sabiendo que lo hace porque le nace en el momento y no porque alguien la está obligando. Ese gozo compartido cuando se le pasa la fiebre, se revuelca en el pasto y sonreímos ambas mirando lejos.
Juega cada día más. Los últimos meses empecé a escuchar como tira sus pelotas y las busca solita mientras estoy trabajando en la oficina. La ternura que me da es inexplicable.
También exige cada día más. No le gusta que la vista aunque haga frío y me lo hace saber, prefiere hacerme quedar como el culo temblando en todas las esquinas mientras en casa le esperan 15 capitas de polar hermosas. No le gusta que la lleve a cafés si en la vereda pasan colectivos. No le gusta que Tomás se retrase y viene a la oficina a demostrar con aullidos su descontento.
Es un poco la perra de todos mis amigos. Se preocupan por ella, la pasean, juegan, le sacan fotos, le guardan tubitos de papel de cocina y pelotas de tenis. Lo primero que me preguntan cuando cuento que tengo algún viaje es «¿con quién se queda Siesta?».
Muchas mañanas quiero empezar el día corriendo y la veo desperezándose, con esos ojitos que me destrozan. Automáticamente pienso que quiero que sea eterna. Como sé que no lo es (y que yo tampoco) por las dudas me quedo haciéndole mimos un rato largo. Ese momento no va a volver.
Mañana van a hacer dos años que Siesta llegó a mi vida y me la cambió. Vuelvo a repetirlo: todos creen que tienen el mejor perro del mundo y todos tienen razón. Hay un costado inmenso de mi misma al que accedo gracias a ella, que por lo general sabe mejor que yo misma cómo estoy.
La siesti,
siestucha,
ladrona,
gordita,
cucurucha,
atorranta,
preciosa,
gordita,
la dueña absoluta de mi corazón.
La que se banca bailar conmigo a la mañana y que le de la comida entre mil cartones porque se supone que es mejor que se la gane, como si la existencia doméstica que vive tuviese algo que ver con su pasado de loba. La que cuando estoy triste se acuesta cerca mío y se asegura que alguna parte de su cuerpo esté en contacto conmigo. Una patita, el lomo, la nariz. Algo. A veces es solo eso, tan inmenso.
Me enseña a disfrutarla de manera alevosamente consciente. Me enseña a disfrutarme de manera alevosamente consciente.
Nunca me van a alcanzar las palabras para agradecer que en la inmensidad del espacio y del tiempo hayamos coincidido. Algunos creen que yo le di una mejor vida al adoptarla. La realidad es que el regalo de una vida mejor me lo hace ella a mí todos los días.
Hasta la próxima
¡Hola! ¿Cómo estás?
Yo releo esto antes de enviarlo y me emociono por decimoquinta vez. Este año la agasajada zafó de la humillación del bonete (que digamos todo, le quedaba precioso) porque la madre hizo un poco de trampa y complementó su falta de oratoria con algunas de las miles de fotos que le sacó este año. No te miento si te digo que casi casi que la mitad de las fotos que saco son de ella. Las que acompañan este envío son todas analógicas.
Gracias por regalarnos estos minutos de tu tiempo, que sabemos que es escaso y precioso. Lo valoramos un montón,
Siesta y Maca
P.D.: Mi mamá es una atorranta que no contesto los mensajes del año pasado. Ahora mismo lo hago yo. Atte. Siesta.












Me emocionó mucho leerte, Maca! Acá una lectora desde los comienzos. También tengo mi galguita rescatada, se llama Celine, y también corre como una luz. Gracias por Parsimonia. Abrazos!
¡Qué hermosa esss! Y esas fotazas 🤩. Me encanta cómo escribís sobre ella. Se lee el amor. Ojalá fueran eternos. Extraño mucho a mi Gemma y ya pasaron dos años.